Alfredo Roman ingresó al Club social y se dirigió a paso lento hasta el mostrador y mientras caminaba observaba a las personas sentadas, la mayoría eran personas jóvenes que ni lo registraban al pasar, que parecían estar prácticamente en trance hipnótico, mirando sus aparatos celulares; ignoraban hasta la persona sentada a su lado, estaban compenetrados en ese mundo digital que los había cautivado. Sin darse cuenta eran prisioneros de un sistema que las élites dominantes manejaban a su antojo, para lograr el dominio pleno de la humanidad.
Desde las sombras y utilizándo la última tecnología de inteligencia artificial confundían de tal modo la mente humana, que nadie parecía tener una certeza si lo que sucedía a su alrededor era real o era una recreación tridimensional generada desde algún sistema tecnológico. Alfredo era un experto en psicología y psicotrónica, tenía varias especialidades y entre las cuales se destacaba el estudio y la neurociencia, cada vez que miraba uno de los rostros de las personas sentadas en la mesa se daba cuenta de que eran rostros de personas tristes, sin presente y sin futuro.
Cada tanto solía preguntarse cómo ha llegado la humanidad a ser tan pasiva ante estas calamidades, ante este sometimiento de la voluntad humana, entonces volviendo a mirar esos rostros de hombres y mujeres se daba cuenta que el inconsciente aún reconocía otras épocas mejores donde la alegría de vivir generaba en el hombre y la mujer creaciones artísticas de enorme talento que hoy cuando uno mira alrededor de esta civilización ultracomunicada comienzan a ser ruinas antiguas.
Nadie crea, todo se genera automáticamente, la destreza en manejar tecnologías reemplazó al hombre y la mujer pensante, al arte y a la cultura.